Nota: comencé a escribir este texto el día 23 de diciembre, pero no lo concluí. Debería de titularlo entonces “cuento post-navideño”. Disfruten, si es que llegan a la línea final.
……
Se había alejado el amanecer a gritos. A gritos de los cuervos que graznaban y se asemejaban a gritos. A gritos, los de los niños en el parque. Los de sus madres pidiéndoles no golpear las narices de los otros niños. Se había alejado el alba entre esos gritos y parecía que nunca terminaría de amanecer porque el sol no se movía ni un centímetro más. Así desperté: en mi cama aún estaba muy oscuro a pesar de que eran casi las 11 de la mañana. Sentí el sabor agrio de la noche anterior en el esófago; había bebido como loco, como sucedía cada año antes de la Navidad. Para aligerar ese calvario consumista navideño, nos reuníamos los antiguos amigos del colegio a presumir triunfos y callar fracasos precisamente en esa fecha: Alex había logrado embarazar a su mujer luego de años intentándolo; Ulli había cambiado su trabajo y viajaba constantemente a países soleados; Daniel había conseguido una posición de profesor en un país vecino donde pagaban el doble. A mí mi esposa me exigió el divorcio, y esto me había sacado muchas más canas y puesto más gordo, cosa que no era necesario comentar, ya era visible, pues. Además todos sabían que Johanna y yo ya no estábamos juntos, pero nadie abordó el tema ni se atrevieron a preguntarme la causa exacta. Quise decírselos; pudo haber sido mi buena noticia, pero primero me ahogó el vino caliente y luego la cerveza. Finalmente se me atoró la razón en la garganta después de tantas risas y las buenas noticias de los demás, y me pareció que lo mío simplemente no tenía relevancia. Me dio flojera armar un drama. Qué más da. Ya se los diría en la reunión de verano, pensé, si es que la noticia no se filtraba primero por el enramado familiar hasta ellos. Después de todo, veníamos todos del mismo pueblo, al que esa misma tarde tenía que manejar…
Esa mañana entre los gritos que me habían despertado tenía que ensayar otra vez cómo afrentaría el mismo problema, celebrando la Navidad en casa de mis padres. Todos esperaban de mí eso. No quise pensar demasiado –no podía de todas maneras con el esófago ardiendo, así que me limité a guardar unas cuantas cosas en una maletilla vieja. Me duché, desayuné un poco de pan negro que solo me dio náuseas, tomé agua y aspirinas. Tendría que hablar, explicarles a todos por qué Johanna, a la que mi madre tanto había querido y mis hermanos tanto habían criticado hasta el cansancio, se había hartado de mí y se había regresado a su país. Ensayé distintas maneras de decírselos mientras viajaba por la autopista, primero con con sonrisas, luego serio, con carcajadas, con voz grave. La gente que me vio desde otros coches seguramente pensaron que yo estaría idiota. Así ensayé muchas formas pero en la humedad que había dejado la nieve sobre los carriles se me perdió la manera correcta. Encontré de nuevo el hilo del argumento en el contador de la máquina expendedora, en la gasolinería. Se lo llevaron los cuervos y la peste del combustile.
Llegué a casa de mis padres en el pueblo. Olía a leña y a estiércol. Sin nada concreto en la cabeza pensé que simplemente tenía que decirlo así, tal cual. Sabía que en casa mi familia me esperaba. Esperaban quiero decir el secreto que tenía que confesar: la razón por la que Johanna se había largado a su país. Mi presencia les daba igual, lo sé, porque algunos años simplemente nos largábamos al trópico, para que mi mujer no se quejara ni extrañara el buen clima, del cual siempre se quejaba aquí: “Aquí me siento como un frasco de vidrio”.
Mi madre me reclamó el retraso, supuestamente había yo prometido ayudarle a escoger los quesos que tenía pudriéndose en el refrigerador y los vinos de la cava. Me lo reclamó quizás con más ahínco porque cuando llegué ya estaban todos ahí y no habría ahora ningún momento para obtener la noticia en primicias (no digo en privado, porque privada nunca sería, una vez llegada a la boca de mi madre sería como publicarlo en facebook o peor). Ahí estaba mi padre; hombre de pocas palabras, me sorprendió que me recibiera con un largo “hijo, me alegro de que hayas venido”. Seguro se quemaba por dentro por conocer el gran chisme. Mi hermana y su hija adolescente, normalmente hundidas en su perpetuo malhumor, ahora me miraban también ansiosas y me abrazaron como si me hubieran descubierto un tumor en mi cavidad anal: “Hermanito, cuánto gusto me da verte”. Sabía que mentía. Su esposo, un carnicero bastante católico, repitió el mismo ritual. También mi hermano, con su suéter a cuadros de campesino que le escogía su sonriente esposa campesina, lanzó un grito de alegría al verme. “Cómo te ha dio, Jakob, qué dice la vida”. Su hijo abundante en carnes y escaso en buenas maneras, apenas dijo hola pero me miraba con curiosidad. Su esposa fue un poco más directa: “Jakob, qué ganas de verte para hablar por fin….”. “Sí, hace tanto que no nos veíamos”, dije. Sabía que a mis hermanos les daba gusto que no estuviera Johanna esta vez; de ahí tanta euforia. Mi madre reclamó: “Dijiste que me ayudarías a escoger los quesos y los vinos”. Mi madre no necesitaba ayuda para escoger nada, pues después de todo sé que cada año tenía los mismos tipos seleccionados por meras preferencias rituales de la familia y las insistencias de mi padre. Sé que lo que más bien quería era aprovechar la ocasión para hacerme hablar y que yo le dijera por fin por qué Johanna se había ido a su casa y nuestro matrimonio al infierno. Me ahorro contar lo que pasó entre ese momento y la cena; de insinuaciones y menciones incómodas (sobre mi nueva apariencia de divorciado, específicamente), no vale la pena detallar.
Ante la mesa era obvio que tenía que hablar. Nadie me lo había pedido directamente pero lo veía venir de las caras de cada uno. Apenas abría los labios para pedir la sal o el aceite de oliva todos callaban expectantes. “Me enferma este queso apestoso”, dijo mi sobrino. “Lukas, por favor”. Reclamó su madre, sin dejar de sonreírme. Mi padre observaba su bocado y luego mi cara, su bocado, luego mi cara. Mi hermano dijo cualquier idiotez sobre mi equipo de futbol. Yo miraba mi plato, mi copa. Era momento de decirles a todos porqué Johanna se había largado para siempre a su país y había dejado a mi pobre estirpe pueblerina sin una gota de sangre morena que la familia pudiera presumir. Se había largado y había roto su pasaporte para no volver nunca, callando así para siempre los chismes de todo el resto de la familia sobre el por qué de su decisión de casarse conmigo y “salvarme” después de haber pasado 38 años soltero.
- Gente, tengo algo qué decirles–dije sin golpear la copa ni el plato. Eso solo se hacía para anunciar cosas festivas. Todos me miraron expectantes.
- Sí, Jakob, habla ya…. no es justo que nos tengas a todos con la verdad a medias…-Se adelantó mi madre, y de repente absolutamente todos empezar a hablar.
-Sí, no es justo, mi querido, todo mundo lo quiere saber… cómo es que dejaste ir a una mujer tan encantadora, dijo mi hermana
-Y tan bien que sabía hablar alemán, dijo su esposo
-A mí siempre me ayudó en mis lecciones de matemáticas, dijo mi sobrino.
-Lástima que nunca se adaptara… pero no fue por eso que se fue naturalmente…
- Ach, bueno…. reclamé.
Me molestó tanto su imprudencia y que no me dejaran hablar, pero lo único que pude hacer es meterme otro trozo de queso a la boca. Estaba agrio, agrísimo y olía horrible.
-¡Pero no hagas esa cara, Jakob, habla por Dios!
- Mamá, déjalo que….
- Ya, ya, cállense por favor. Johanna se fue porque se dio cuenta de que soy…
-…un histérico –reclamó mi madre arrojando la servilleta sobre la mesa. — aunque eso lo debió haber sabido desde que te conoció ordenando cócteles en la playa esa donde fuiste a encontrártela, pobrecita muchacha….
–Tonterías, interrumpió mi hermano, tu mal carácter no le importaba, es que no sabías escucharla, ella se lo dijo miles de veces a Ofelia, ¿verdad Ofelia?
–¡Julian!, por Dios, yo nunca te dije eso….
–Mira, Jakob –dijo mi hermana por fin– todos sabemos perfectamente por qué te dejó Johanna, y no es por la razón que te quedaste soltero hasta los 38 años y te fuiste de este pueblo a los 20 para volver solo en las Navidades….
Y todos se empezaron a reír. Me atraganté con otro trozo de queso que en ese instante cruzaba mi garganta.
- Bueno, pues si ya lo saben, entonces qué más da…..¿O? Es decir….¡que más da!
Empecé a reírme, y rieron todos conmigo, incluso mi madre, que se miraba raramente aliviada.
- Quiero decir, a nadie de ustedes le gustaba Johanna realmente…
Ay no por Dios no digas eso, no, cómo, ay Jakob, por favor, qué absuuuuurdo…
- ¡Por favor! A nadie le gustaba porque decían que se había aprovechado de mí, y quizás tengan razón, qué pudo haber buscando una mujer más joven en un tipo más mayor… ¡pero eso qué importa” ahora no está, así que, ¡a comer!
-Pues sí, ¿verdad? -dijo mi hermano, y todos rieron, y siguieron comiendo, y hablando en voz alta, más de lo usual, siguieron hablando de otras tonterías.
Ya no tenía nada qué confesar. Todos sabían perfectamente por qué Johanna se había divorciado de mí y se había largado. Así que por fin brindamos, mi padre habló por primera vez y recitó un poema navideño al que nadie puso atención pero que todos aplaudimos, mis sobrinos adolescentes recibieron sus regalos, yo tragué como cerdo y me embriagué por segunda noche consecutiva, mi hermana cantó villancicos frente al árbol, mi hermano repartió regalos inútiles a todos, tonterías de un escaso euro que agradecimos con gesto hipócrita; mi sobrina malhumorada, seguramente, hubiera querido una pistola para matarnos a todos, mi sobrino obeso quizás una tarjeta de crédito libre para comprarse toda la pornografía por internet que quisiera, mientras mi madre se relajó en el vino, en los villancicos, en las oraciones, se olvidó del tema divorcio y me dijo, sentada en su sofá, “Hijo, yo te quiero mucho”. Y eso fue todo.
Luego todos caminamos hacia la iglesia del pueblo, a la terrible misa. Esta vez no estaba Johanna para atestiguar el donativo simbólico que aquella villa campesina entera hacía a los pobres de aquel otro país que ella–según lo que estos decían antes–había dejado atrás gracias a mí y al que ahora irónicamente había regresado más radiante que nunca. Muy seguramente ahora mismo ella festejaría entre música sonora, mucho ron y comida auténtica, y no como nosotros, en una cena aburrida y una misa entre oraciones patéticas. Ella estaría rodeada de su enorme familia, mientras nosotros estábamos solos, la única e inseparable familia, mis viejos padres, mis no más jóvenes hermanos y sus parejas, mis sobrinos en edad inconveniente. Yo, algo calvo, aburrido, deseaba que el sacerdote terminara de hablar para tomar por fin mi coche y regresarme a casa.
Después de todo, a esa hora y en esa fecha, no hubo ni un solo coche en la autopista.