mar sin viento ni cielo

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Tenebrae (Paul Celan)

Tenebrae*

Cerca estamos, Señor,

cercanos y asibles

atados, Señor,

unidos el uno al otro,

como si fuésemos un mismo cuerpo

tu cuerpo, Señor.

Ruega, Señor

ruéganos

estamos cerca.

Hasta allá fuimos

luchando contra el viento

hasta allá fuimos para arrodillarnos

y beber

de pozas y lagunas,

Señor

Era sangre

la sangre que tu derramaste, Señor.

Y brillaba.

Nos arrojaba tu imagen a los ojos, Señor

Ojos y boca quedan tan abiertos y vacíos, Señor.

Hemos bebido, Señor.

La sangre y la imagen en la sangre, Señor

Ruega, Señor.

Estamos cerca.

* Oscuridad, tinieblas (latín). En sentido figurado también indica mal augurio, según el diccionario Langendscheidt Latín – Alemán.

La traducción es de Adrián Herrera del original alemán en Paul Celan. Die Niemandsrose. Sprachgitter. Gedichte. Frankfurt: Fischer, 2002. Para texto original ver aquí.

Para escuchar el poema recitado en voz del autor, aquí está el siguiente clip:

En el delta del Nilo

La joven mujer derramó  lágrimas sobre su cena

en el hotel, tras pasear todo el día por la ciudad;

ahí vio enfermos, regados por el suelo o arrastrándose,

vio niños que habrían de morir de hambre.

Su esposo y ella subieron a la habitación,

donde solo bastaba con abrir el grifo para despojarse de toda suciedad.

Cada quien fue a su cama, sin decir mucho.

Ella cayó profundamente dormida. Él continuaba despierto.

Afuera, en la oscuridad, fluía el bullicio.

Murmullos, patadas, gritos, vehículos, voces cantando.

Aquello se volvía insportable.  No se detenía.

Y finalmente se durmió, acurrucándose para no escuchar.

Empezó a soñar. Se encontraba de viaje en barco.

El agua gris comenzó a moverse,

y una voz dijo: “Existe aquél que es bueno.

Existe aquél que puede verlo todo sin odiar”.

Traducido por Adrián Herrera (Boigen) al español a través de la versión alemana, cuyo original en transcripción pueden leer aquí

Cuento navideño

Nota: comencé a escribir este texto el día 23 de diciembre, pero no lo concluí. Debería de titularlo entonces “cuento post-navideño”. Disfruten, si es que llegan a la línea final.

……

Se había alejado el amanecer a gritos. A gritos de los cuervos que graznaban y se asemejaban a gritos. A gritos, los de los niños en el parque. Los de sus madres pidiéndoles no golpear las narices de los otros niños. Se había alejado el alba entre esos gritos y parecía que nunca terminaría de amanecer porque el sol no se movía ni un centímetro más. Así desperté: en mi cama aún estaba muy oscuro a pesar de que eran casi las 11 de la mañana. Sentí el sabor agrio de la noche anterior en el esófago; había bebido como loco, como sucedía cada año antes de la Navidad. Para aligerar ese calvario consumista navideño, nos reuníamos los antiguos amigos del colegio a presumir triunfos y callar fracasos precisamente en esa fecha: Alex había logrado embarazar a su mujer luego de años intentándolo; Ulli había cambiado su trabajo y viajaba constantemente a países soleados; Daniel había conseguido una posición de profesor en un país vecino donde pagaban el doble. A mí mi esposa me exigió el divorcio, y esto me había sacado muchas más canas y puesto más gordo, cosa que no era necesario comentar, ya era visible, pues. Además todos sabían que Johanna y yo ya no estábamos juntos, pero nadie abordó el tema ni se atrevieron a preguntarme la causa exacta. Quise decírselos; pudo haber sido mi buena noticia, pero primero me ahogó el vino caliente y luego la cerveza. Finalmente se me atoró la razón en la garganta después de tantas risas y las buenas noticias de los demás, y me pareció que lo mío simplemente no tenía relevancia. Me dio flojera armar un drama. Qué más da. Ya se los diría en la reunión de verano, pensé, si es que la noticia no se filtraba primero por el enramado familiar hasta ellos. Después de todo, veníamos todos del mismo pueblo, al que esa misma tarde tenía que manejar…

Esa mañana entre los gritos que me habían despertado tenía que ensayar otra vez cómo afrentaría el mismo problema, celebrando la Navidad en casa de mis padres. Todos esperaban de mí eso. No quise pensar demasiado –no podía de todas maneras con el esófago ardiendo, así que me limité a guardar unas cuantas cosas en una maletilla vieja. Me duché, desayuné un poco de pan negro que solo me dio náuseas, tomé agua y aspirinas. Tendría que hablar, explicarles a todos por qué Johanna, a la que mi madre tanto había querido y mis hermanos tanto habían criticado hasta el cansancio, se había hartado de mí y se había regresado a su país. Ensayé distintas maneras de decírselos mientras viajaba por la autopista, primero con con sonrisas, luego serio, con carcajadas, con voz grave. La gente que me vio desde otros coches seguramente pensaron que yo estaría idiota. Así ensayé muchas formas pero en la humedad que había dejado la nieve sobre los carriles se me perdió la manera correcta. Encontré de nuevo el hilo del argumento en el contador de la máquina expendedora, en la gasolinería. Se lo llevaron los cuervos y la peste del combustile.

Llegué a casa de mis padres en el pueblo. Olía a leña y a estiércol. Sin nada concreto en la cabeza pensé que simplemente tenía que decirlo así, tal cual. Sabía que en casa mi familia me esperaba. Esperaban quiero decir el secreto que tenía que confesar: la razón por la que Johanna se había largado a su país. Mi presencia les daba igual, lo sé, porque algunos años simplemente nos largábamos al trópico, para que mi mujer no se quejara ni extrañara el buen clima, del cual siempre se quejaba aquí: “Aquí me siento como un frasco de vidrio”.

Mi madre me reclamó el retraso, supuestamente había yo prometido ayudarle a escoger los quesos que tenía pudriéndose en el refrigerador y los vinos de la cava. Me lo reclamó quizás con más ahínco porque cuando llegué ya estaban todos ahí y no habría ahora ningún momento para obtener la noticia en primicias (no digo en privado, porque privada nunca sería, una vez llegada a la boca de mi madre sería como publicarlo en facebook o peor). Ahí estaba mi padre; hombre de pocas palabras, me sorprendió que me recibiera con un largo “hijo, me alegro de que hayas venido”. Seguro se quemaba por dentro por conocer el gran chisme. Mi hermana y su hija adolescente, normalmente hundidas en su perpetuo malhumor, ahora me miraban también ansiosas y me abrazaron como si me hubieran descubierto un tumor en mi cavidad anal: “Hermanito, cuánto gusto me da verte”. Sabía que mentía. Su esposo, un carnicero bastante católico, repitió el mismo ritual. También mi hermano, con su suéter a cuadros de campesino que le escogía su sonriente esposa campesina, lanzó un grito de alegría al verme. “Cómo te ha dio, Jakob, qué dice la vida”. Su hijo abundante en carnes y escaso en buenas maneras, apenas dijo hola pero me miraba con curiosidad. Su esposa fue un poco más directa: “Jakob, qué ganas de verte para hablar por fin….”. “Sí, hace tanto que no nos veíamos”, dije. Sabía que a mis hermanos les daba gusto que no estuviera Johanna esta vez; de ahí tanta euforia. Mi madre reclamó: “Dijiste que me ayudarías a escoger los quesos y los vinos”. Mi madre no necesitaba ayuda para escoger nada, pues después de todo sé que cada año tenía los mismos tipos seleccionados por meras preferencias rituales de la familia y las insistencias de mi padre. Sé que lo que más bien quería era aprovechar la ocasión para hacerme hablar y que yo le dijera por fin por qué  Johanna se había ido a su casa y nuestro matrimonio al infierno. Me ahorro contar lo que pasó entre ese momento y la cena; de insinuaciones y menciones incómodas (sobre mi nueva apariencia de divorciado, específicamente), no vale la pena detallar.

Ante la mesa era obvio que tenía que hablar. Nadie me lo había pedido directamente pero lo veía venir de las caras de cada uno. Apenas abría los labios para pedir la sal o el aceite de oliva todos callaban expectantes. “Me enferma este queso apestoso”, dijo mi sobrino. “Lukas, por favor”. Reclamó su madre, sin dejar de sonreírme. Mi padre observaba su bocado y luego mi cara, su bocado, luego mi cara. Mi hermano dijo cualquier idiotez sobre mi equipo de futbol. Yo miraba mi plato, mi copa. Era momento de decirles a todos porqué Johanna se había largado para siempre a su país y había dejado a mi pobre estirpe pueblerina sin una gota de sangre morena que la familia pudiera presumir. Se había largado y había roto su pasaporte para no volver nunca, callando así para siempre los chismes de todo el resto de la familia sobre el por qué de su decisión de casarse conmigo y “salvarme” después de haber pasado 38 años soltero.

– Gente, tengo algo qué decirles–dije sin golpear la copa ni el plato. Eso solo se hacía para anunciar cosas festivas. Todos me miraron expectantes.

– Sí, Jakob, habla ya…. no es justo que nos tengas a todos con la verdad a medias…-Se adelantó mi madre, y de repente absolutamente todos empezar a hablar.

-Sí, no es justo, mi querido, todo mundo lo quiere saber… cómo es que dejaste ir a una mujer tan encantadora, dijo mi hermana

-Y tan bien que sabía hablar alemán, dijo su esposo

-A mí siempre me ayudó en mis lecciones de matemáticas, dijo mi sobrino.

-Lástima que nunca se adaptara… pero no fue por eso que se fue  naturalmente…

– Ach, bueno…. reclamé.

Me molestó tanto su imprudencia y que no me dejaran hablar, pero lo único que pude hacer es meterme otro trozo de queso a la boca. Estaba agrio, agrísimo y olía horrible.

-¡Pero no hagas esa cara, Jakob, habla por Dios!

– Mamá, déjalo que….

– Ya, ya, cállense por favor. Johanna se fue porque se dio cuenta de que soy…

-…un histérico –reclamó mi madre arrojando la servilleta sobre la mesa. — aunque eso lo debió haber sabido desde que te conoció ordenando cócteles en la playa esa donde fuiste a encontrártela, pobrecita muchacha….

–Tonterías, interrumpió mi hermano, tu mal carácter no le importaba, es que no sabías escucharla, ella se lo dijo miles de veces a Ofelia, ¿verdad Ofelia?

–¡Julian!, por Dios, yo nunca te dije eso….

–Mira, Jakob –dijo mi hermana por fin– todos sabemos perfectamente por qué te dejó Johanna, y no es por la razón que te quedaste soltero hasta los 38 años y te fuiste de este pueblo a los 20 para volver solo en las Navidades….

Y todos se empezaron a reír. Me atraganté con otro trozo de queso que en ese instante cruzaba mi garganta.

– Bueno, pues si ya lo saben, entonces qué más da…..¿O? Es decir….¡que más da!

Empecé a reírme, y rieron todos conmigo, incluso mi madre, que se miraba raramente aliviada.

– Quiero decir, a nadie de ustedes le gustaba Johanna realmente…

Ay no por Dios no digas eso, no, cómo, ay Jakob, por favor, qué absuuuuurdo…

– ¡Por favor! A nadie le gustaba porque decían que se había aprovechado de mí, y quizás tengan razón, qué pudo haber buscando una mujer más joven en un tipo más mayor… ¡pero eso qué importa”  ahora no está, así que, ¡a comer!

-Pues sí, ¿verdad? -dijo mi hermano, y todos rieron, y siguieron comiendo, y hablando en voz alta, más de lo usual, siguieron hablando de otras tonterías.

Ya no tenía nada qué confesar. Todos sabían perfectamente por qué Johanna se había divorciado de mí y se había largado. Así que por fin brindamos, mi padre habló por primera vez y recitó un poema navideño al que nadie puso atención pero que todos aplaudimos, mis sobrinos adolescentes recibieron sus regalos, yo tragué como cerdo y me embriagué por segunda noche consecutiva, mi hermana cantó villancicos frente al árbol, mi hermano repartió regalos inútiles a todos, tonterías de un escaso euro que agradecimos con gesto hipócrita; mi sobrina malhumorada, seguramente, hubiera querido una pistola para matarnos a todos, mi sobrino obeso quizás una tarjeta de crédito libre para comprarse toda la pornografía por internet que quisiera, mientras mi madre se relajó en el vino, en los villancicos, en las oraciones, se olvidó del tema divorcio y me dijo, sentada en su sofá, “Hijo, yo te quiero mucho”. Y eso fue todo.

Luego todos caminamos hacia la iglesia del pueblo, a la terrible misa. Esta vez no estaba Johanna para atestiguar el donativo simbólico que aquella villa campesina entera hacía a los pobres de aquel otro país que ella–según lo que estos decían antes–había dejado atrás gracias a mí y al que ahora irónicamente había regresado más radiante que nunca.  Muy seguramente ahora mismo ella festejaría entre música sonora, mucho ron y comida auténtica, y no como nosotros, en una cena aburrida y una misa entre oraciones patéticas. Ella estaría rodeada de su enorme familia, mientras nosotros estábamos solos, la única e inseparable familia, mis viejos padres, mis no más jóvenes hermanos y sus parejas, mis sobrinos en edad inconveniente. Yo, algo calvo, aburrido, deseaba que el sacerdote terminara de hablar para tomar por fin mi coche y regresarme a casa.

Después de todo, a esa hora y en esa fecha, no hubo ni un solo coche en la autopista.

En el metro (II)

El oscuro follaje había asfixiado desde hace varias horas la luz del sol. En el vagón del metro un viejo miraba a las chicas, sus piernas y sus ojos, sostenía la mirada, ellas ignorándolo, al viejo, que miraba despacio el acantilado de sus senos. Ellas que escuchaban música, que miraban el móvil, él que en su chaqueta negra de cuero miraba en el frío sus largas piernas matinales interrumpirse en diversos pares de zapatos, parecían episodios de fiebre. El viejo las miraba. Yo miraba al viejo: yo sabía lo que pasaba por su cabeza. Lo sabía muy bien. Por cómo las mira. Ellas lo ignoran mientras él fantasea, y envejece más rápido aún bajo su chaqueta negra, en su boina café, en sus guantes negros que sostienen sobre la piel vacuna la prematura noche exterior. La blanca luz mortecina del vagón subterráneo lo vuelve más ausente. Ellas lo ignoran; se sientan silenciosas, miran como maniquíes. No hay expresión en su rostro. Se mueven, se estiran, escuchan música en sus audífonos; mientras el viejo las sigue mirando, envejece en cada instante de lujuria, envejece en cada curva que se mueve incómoda, en cada dedo que busca rascar cada comisura de cada labio, envejece en el rojo lipstick o en la soledad de un cutis sin maquillaje. Lo ignoran. Pero yo sé lo que pasa por su cabeza, sé que las sueña despierto. Él viejo envejece bajo su chaqueta de cuero, sus guantes. El viejo, su boina; ellas, las mallas líquidas sobre sus muslos. Nadie lo nota, creen que simplemente está viejo y nada más. Pasan la estaciones y las mujeres cambian de asientos, cambian de rostros, cambian de torsos, y el viejo envejece, cada centímetro sus ojos se vuelven más chicos, cada estación se vuelve su piel más elástica, cada kilómetro cede a la ciega contemplación de la noche anónima del subterráneo. Y las mallas, siempre las mallas que cubren los muslos, y sus guantes, que alejan de ellas sus manos en vez de acercarlas.

(tras un viaje en la línea 16)

En el metro

Arrasado el día por olas de oscuro follaje, miraba a las chicas el viejo, las miraba en sus piernas y en sus ojos, sostenía la mirada, ellas ignorándolo, al viejo, que miraba despacio y en silencio, el acantilado de sus senos notorio aún bajo la ropa invernal. Ellas que escuchaban música, que miraban el móvil, él que en su chaqueta negra de cuero miraba en el frío las piernas matutinas. El viejo, las miraba. Yo, miraba al viejo: sabía que conocía lo que pasaba por su cabeza. Lo sabía muy bien. Yo lo sé, cómo las mira. Puedo saber qué fantasea. Sé que el frío de afuera no lo detiene, tampoco la luz blanca mortecina del vagón que rasga la incesante noche subterránea. Pero ellas lo ignoran. Creen que simplemente está viejo y nada más. Sé que llegará hasta la estación final hasta lograr gancharlas.

(tras un viaje en la línea 16)

Romance

Se veía rodeada de libros y lectores en la fantasía de ser escritora, que le llegó inesperada después de haber visto una película romántica; salió del cine contaminada de entusiasmo, ansiosa por llegar a casa y meter la primera entrada en un blog que abrió para aquel propósito. Cada noche se hundía en sí misma hasta que el día rasgaba sus pestañas, empeñada en contar historias. Se decidió a buscar círculos literarios y talleres donde la gente se raspaba la garganta al escucharla. Persistía, pese al notorio aburrimiento de sus compañeros y las miradas pacientes del tallerista. Nada de eso notaba. Cada noche se desvelaba más, la sorprendían las profundas ojeras frente al espejo, los sueños sorpresivos en el metro, pero también los romances, en especial los romances sobre los que escribía con tanto fervor, en el lavabo, en el súper, frente a la pantalla, en las salas de espera. Un día alguien del taller la llamó cursi, aunque nunca había pensado que ella pudiera ser cursi, ella o sus historias de amor, pero ese adjetivo la sonrojó hasta secarle la garganta, la dejó sin habla. Hubo unas cuantas risas, el instructor trató de moderar los tonos. Pesaba su cabeza, pesaban sus ojos frente a los gestos indiferentes de sus compañeros de taller, y sin pensar en ello arrugó despacio la hoja de papel donde había impreso su cuentito romántico mientras la vergüenza la estrujaba por dentro, como si su cuerpo entero hubiera caído en sales ácidas. Las palabras que cerraban el final de su historia se arrugaron junto con el papel, por todos lados las sombras de la tinta corrida de aquel cursi final romántico. Luego cada uno de sus compañeros arrojó sus respectivas copias llenas de dibujos, risitas y recados al basurero, y en una de aquellas, la palabra CURSI, redondeada sobre aquel romántico final de cuento de madrugad,  voló también dentro del contenedor de basura de aquel viejo centro cultural.

Esa noche, unos ratones pequeños entraron hasta el fondo del contenedor para comer migajas sueltas, y sin buscar demasiado encontraron el aroma del azúcar en uno de aquellos folios blanquísimos que contenían aquellas historias románticas. Mordisquearon los minúsculos restos de comida, repasaron sus bigotes pequeños sobre las letras, sobre la tinta corrida. La tinta manchó sus bocas diminutas, la tinta que después se hizo nada en la primera lluvia que cayó sobre el contenedor de papel días más tarde, en el gran patio, de aquel viejo centro cultural, anegado en una casona vieja,  lleno de polvo, aquel bote de basura adonde fue a desaparecer toda la tinta en cada gota de agua que llovió aquella noche, y que luego degradaron los soles, y los vientos, y las décadas, hasta convertir aquel romance en nada.

Orgullo gay

Esta es temporada de desfiles del orgullo gay en todo el mundo. La semana pasada fue en Berlín y en Monterrey, este fin de semana lo es en la Ciudad de México, la próxima semana lo será en Colonia. La ocasión me hace recordar lo que significa para mí ser homosexual.  No quiero escribir una legitimación a mis preferencias, ya que no me hace falta validar lo que por naturaleza somos, uno porque no lo creo necesario, dos porque gente más lúcida en estudios y ensayos de diversos cortes  ya lo ha hecho (cfr. los clásicos Foucault y Butler, o trabajos menos conocidos como Masculinidad e Intimidad del sociólogo sonorense Núñez Noriega).

La sexualidad humana es mucho más compleja de lo que creemos; nuestra sexualidad fisiológica viene de la mano de modelos culturales y sociales, influyen en ella también estados psicológicos. Ante todo está también nuestra voluntad de autodeterminación, magnífica herencia del hombre moderno que debemos al Renacimiento y a la Ilustración como forjadoras de nuestra modernidad y posmodernidad. Nadie decide su sexualidad, así como yo no decidí ser gay; lo que sí decidí, una vez resueltas mis dudas existenciales –víctima de un catolicismo patético y unos padres con la mínima educación sexual–, fue disfrutar mi vida tal cual, sin importarme la opinión del resto: salir a antros o cafés, tener citas con otros chavos, conocer gente como yo. Al principio, en esos años de adolescencia tierna, fue extremadamente difícil enfrentar los prejuicios, miedos e hipocresías de un entorno mayoritario (imagínense ustedes lo que se siente tener a alguien que crees tu amigo y de repente te deja de hablar porque alguien le dijo que se estaba juntando con el puto del colegio), sin embargo creo que es una etapa que, bien librada, otorga una fortaleza de carácter y de personalidad.

Para mí ser gay fue un acto de sublevación contra esa sociedad mexicana clasemediera católica y su basurero ideológico, contra mi educación marista estúpida y sus clases de educación física “masculinizante”. Una manera de sobreponerme a los modelos desgastados de hombría machista, a la expectativa tácita del resto de casarse-y-tener-hijos después de haber seducido a una mujer en un ritual de apareamiento castrante y de hueva. Para mí, fue decirle a todos: soy diferente, y eso está con madre. Con el tiempo vino la reconciliación con ese mundo heterosexual; la gente de mi generación maduró, se abrió a nuevos mundos. Ya no era ni es tan difícil -creo-.

Pero vivir en estos tiempos como abiertamente gay también implica enfrentarse a etiquetas o modelos culturales inventados por no-sé-quién en Londres y Nueva York. No es cierto que los gays sean necesariamente los mejores amigos de las mujeres: no somos sus mascotas para decirles qué maquillaje usar, no sean pendejas. Tengo amigas mujeres magníficas, pero muchos de mis mejores amigos son hombres, casi todos ellos heterosexuales, amantes del soccer, el rock pesado o cosas “bugas”. El que ellos gusten de una chica y yo no, no tiene ninguna importancia para nuestra amistad. No tengo himnos de guerra: no me interesa Lady Gaga, ni Gloria Gaynor. Madonna me gusta, pero a medias. No entiendo por qué tendría que escuchar una música en específico por mi preferencia, en todo caso, debería quizás ser heterosexual porque me gusta el rock y mis ídolos musicales son puros pelados hetero (bueno, excepto Morrissey, de sexualidad ambigua, jaja). Nunca he creído en esos nuevos estereotipos y modelos-de-vida gay que traen los programas de televisión incluidos, y debo confesar que me molesta que la gente que no conoce a nuestro grupo social espere encontrarse con mariquitas de piernas depiladas que pasean perritos Poodle en Crocs vistiendo camisas impecables caras. Ese modelo, por cierto, cuya imposición como “el modelo” homosexual me parece repugnante porque tiene una implicación de discriminación clase bastante fuerte: ¿dónde dejan ustedes, pues, a un homosexual indígena, de la tercera edad, obrero de fábrica, chofer de camión, maestro de kínder que en sus ratos libres juega en una liga de futbol de provincia? He visto a cantidad de esos metro-homosexuales despreciar horriblemente, por ejemplo, travestis, hombres extremadamente afeminados, portadores del VIH, etc. La discriminación dentro de nuestro grupo no es inexistente, por desgracia*1.

No toda la gente nos acepta, lo cual me da igual. Lo que no me da igual es la falta de tolerancia manifestada en agresión, y menos que entre la clase política haya este tipo de gente que lo legitime y una Iglesia católica que lo fomente. En eso sí la socidad mexicana tiene un trabajo muy grande por hacer, a pesar de que entre la gente más joven hay un cambio positivo bastante notorio. Esta Germania no es precisamente el paraíso de la tolerancia, pero al menos la ley nos protege, y la idiosincrasia nacional -muy ensimismada- les impide meterse con el resto. Esto otorga una relativa libertad, en la que sin embargo hay que moverse con prudencia: siempre, señores, la vida me lo ha demostrado, hay una sorpresa que lidiar*2. Porque tampoco creo en las jotas histéricas que llegan chancleteando y tronando los dedos, haciéndo escándalo con sus alhajas, exigiendo a grito pelado gloriatreviesco tolerancia y aceptación, viendo “homofobia” donde no la hay, cuando quizás al resto del mundo su existencia no le interese demasiado.

Los desfiles son para divertirse, una especie de mini-carnaval donde se puede observar una transgresión interesante de las formas de masculinidad contemporánea: bomberos, policías, travestidos, ligas de futbol amateur. Estoy feliz de vivir en una sociedad de valores democráticos que me permite tener el trabajo que tengo sin temor a represalias, y espero, y deseo, que así lo llegue a ser un día para todos los miembros de cualquier minoría, en todas las partes del mundo, particularmente en México. Utopía, quizás, pero es un deseo lindo.

A. H.

Köln, 24.6.11

*1 Esto me recuerda también que hace falta una discusión más acalorada de nuestras masculinidades, no necesariamente homosexuales: los modelos de masculinidad heterosexual han operado cambios importantes, y hace falta discutir cuestiones como por ejemplo la paternidad, su identidad en un contexto de emancipación femenina (en Alemania, por ejemplo, en este respecto me parece que a muchos hombres estos nuevos feminismos agresivos les provoca un estrés tremendo), las presiones sociales que surgen de exigencias de liderazgo, éxito económico y protección, etc.

*2 Una anécdota patética, a propósito: cuando terminé un curso de verano en Monterrey, hace tiempo ya, recuerdo que mis alumnos y yo terminamos con muy buen rollo. Pasaron unas semanas y al toparme a varios por el campus, me dí cuenta de que me ignoraban de una manera sospechosa, y otros incluso hasta me sacaban la vuelta. Poco tiempo pasó para que me enterara de que la amiga de un primo de alguien del curso me había visto taloneando de lo lindo en un antro gay de la ciudad, un fin de semana. El chisme se corrió como pólvora, nadie del grupo lo podía creer y a todos les pareció una información repugnante que me valió su rechazo para el resto de la vida. Seguramente esa gente ya se olvidó de mi nombre, pero podría estar casi seguro que me recuerdan como el maestro putito de alemán. Y no, no me salgan con que pinches regios mochos: el alumnado entero era de partes distintas de México. Pienso que si mis estudiantes aquí en Alemania se enteraran (o probablemente ya lo saben o sospecha, no lo sé), el hecho les daría exactamente igual o quizás hasta les parecería simpático. Ah, hace tanto trabajo por hacer aún.

Podrida vida pequeñoburguesa

Soy de las pocas personas que pueden presumir de tener un departamento con una amplia terraza que no da hacia la calle. La terraza es un desastre, víctima de mis alcohólicos Mitbewohner, pero esa es otra historia. Es un privilegio en un país donde el espacio cuesta mucho dinero.  Es una nota de alegría a la podrida vida pequeñoburguesa que llevamos entre semana: levantarse a las 6 de la mañana, llegar a la Universidad a las 7.30, dar lecciones, atender a los estudiantes y sus millones de preguntas e inquietudes, ocuparse  de la propia lectura e investigación, hacer algo de deporte para conservarse sano y apetecible, tener vida social (qué privilegio tenerla en un país como este, de verdad), para llegar a cada viernes del semestre con apenas un soplo de aliento, ganas de echarse unas chelas, una buena cena y parrandear un poquitín, digo un poquitín porque nuestras vidas ya no son como eran antes, ahogadas en abrazos de extraños, mucha cerveza, mucho cigarro, mucho desmadre.

Pero para coronar esas semanas de muerte, está mi terraza, están sus mesitas, sus sillas, a donde me siento a tomar el solecito mientras desayuno los sábados y los domingos después de haber ido a comprar pan fresco en las enemil panaderías que tengo para escoger en la cuadra, escoger el queso adecuado, sacar la mantequilla, el yogur, poner el café …Oh, asquerosa vida pequeñoburguesa.

“A los veintiséis años” de Thomas Bernhard

A los veintiséis años

Veintiséis años

de bosques, de gloria, de pobreza

veinteséis nochesviejas y ni un solo amigo

y la muerte

y siempre de nuevo el sol

y ni un solo par de zapatos que soporte los temblores de la tierra.

Veintiséis años

como en un sueño

como un coral mal entonado

bajo los vientos de abril

y ni un hogar

y ni una madre

y ni una sola idea del Dios-Padre

que habla en cada jornalero.

Veintiséis años entre borrachos y santos

asesinos y locos

entre ciudades y pueblos fantasmas

a diario creados, a diario escupidos

oscilando de Navidad en Navidad

ni zapatero, ni tabernero, ni vagabundo

sin guitarra y sin Biblia

enfermo de nostalgia en octubre

moribundo de flores en agosto.

Veintiséis años que nadie ha vivido

Ni un niño, ni un foso ni un sepulturero

con el que pueda conversar ante una cerveza.

Veintiséis años

y una sola injusticia contra el mundo

ebrio entre las barricas de mi padre

sobre el  valle putrefacto

abandonado y estafado

a carcajadas

Nada como la nieve o la oscuridad

o las profundas huellas paternas

sobre las que trasiega

mi alma mortal.

De Tod und Thymian (Muerte y tomillo). Versión en español de Adrián Herrera aka Boigen. Original en alemán aquí.

Leyendo bajo los efectos de…

Cuando llegué a casa hace un par de días, mi compañero de piso me dijo que estaba leyendo la nueva traducción de Don Quijote al alemán (de Susanne Lange), que ha sido muy celebrada por la prensa. Ah, mi compañero estudia Germanistik (que ya debería haber terminado hace siglos, pero bueno). Anoche me hizo saber que ha acompañado su lectura con vastos cigarrillos de mariguana y una enorme botella de Oporto de 7 euros que compró en el supermercado de al lado, misma que se bebió entera entre los diversos episodios de la primera parte del Quijote. Aquejado por la tos, yo me hacía un té en la cocina y me ofreció una copa de tan caro Oporto como el “mejor jarabe” posible. La escena fue patética.

Nunca he leído nada bajo los efectos de ninguna droga ilegal o alcohol. A lo mucho, bajo efectos de la cafeína, o de la fiebre, o de medicinas extremadamente fuertes.

En un episodio del síndrome de Stevens-Johnson que tuve por pendejez (tomar un medicamento al que soy fuertemente alérgico) en diciembre de algún año de esos simbólicos, leí Alice in Wonderland. Atravesé por unas fiebres de lujo, y los efectos de la cortisona y el ardor en las quemaduras en distintas partes del cuerpo me hicieron escribir unos poemas bizarros que deben andar por ahí perdidos, inspirados en los juegos lingüísticos que hace Carrol todo el tiempo, en la propia Alicia y sus curiosos amigos y enemigos. Ojalá esos papeles que escribí estén sepultados en algún sitio o se los hayan comido las polillas, pues su contenido es –ahora recuerdo– de una profanidad tal que merecen ser olvidados en las catacumbas más hondas de mi historia personal.

Cuando leí Crimen y castigo, de Dostoievsky, un verano ya remoto, estaba yo pasando por una de las depresiones más terribles de mi vida, tanto que tenía ataques de pánico y terminé en el hospital. A veces me pregunto si el cinismo de Raskolnikov y aquel cruel diálogo en el que argumenta sobre la inexistencia de Dios tuvieron algo que ver con mi enfermedad, o quizás los episodios finales que lo describen a él sumido en fiebres similares a las mías, acostado en un sofá preso del remordimiento.

Meses después, ya medicado -con una pastillita que les juro literalmente te congela los músculos faciales  y los ojos para evitar que llores-, se me ocurrió la magnífica idea de ir a ver Requiem for a dream con un grupo de amigos de intercambio -alemanes, por cierto- que estudiaban en Monterrey en aquella época. La película me impresionó tanto que estuve a punto de salirme de la sala, pero me controlé y simplemente me tapé los ojos en las escenas más duras, casi al final. Estoy seguro de que sin aquellas pastillas, probablemente la película no me hubiera hecho el mismo efecto (quizás menor, quizás mucho peor).

Respecto a Don Quijote, cuando la leí en mis estudios, solo sé que tuvo que ser en una copia de Editorial Porrúa, porque no tenía dinero para una Castalia o una Cátedra, y que esa primavera hizo muchísimo calor, y mis amigos y yo celebramos mi cumpleaños en el Bar Iguana’s y, bueno, eso fue todo.

Desde entonces creo que las cosas que he leído y visto ha sido bajo un aburrido pleno uso de conciencia.